La historia ha sido modificada por cuestiones de seguridad.
La historia comienza así. Una empresa de interiorismo me pone en contacto con una persona que se dedica a hacer persianas metálicas para comercios que a su vez me presenta a un tipo que hace motores para automatizarlas, me pasan un presupuesto al que no puedo llegar y lo rechazo. Pero resulta que un día, supuestamente de forma fortuita, me cruzo con el vendedor de motores y empezamos a hablar.
-¿Cómo llevas lo de la persiana? -Uff, muy caro, se me va del presupuesto- le respondo -¿Muy caro? ¿Por cuanto te lo han pasado? -Por 5000€ todo -No puede ser, si yo les pase presupuesto a ellos por 2000€ el motor y lo que es la reja no puede valer 3000€
Cuando era pequeño, discutía mucho con mi hermana mayor. Al principio nos pegábamos, como todo el mundo supongo, hasta que se dio cuenta de que tenía más fuerza que ella y que perdía siempre. Fue entonces cuando ella empezó a ganar la batalla psicológica. Se dedicaba a sacarme de mis casillas hasta que yo, desquiciado, le pegaba... y me ganaba la señora bronca por parte de mi madre. Siempre ha sido más lista que yo, por mucho que mis padres se empeñaran una y otra vez en decirme que no. Eso se sabe. Uno sabe cuando ha ganado una batalla y cuando la ha perdido. Me costó mucho aprender que se gana mucho más con la cabeza que con los puños, porque aunque te hayan dado una paliza, el desquiciado siempre se queda con un sabor agrio en la boca.
El caso es que desde que descubrí mi capacidad para sacar a la gente de quicio pocas veces me he sentido derrotado y en muchas ocasiones he terminado con una sonrisa en los labios. Un caso muy típico es mi eterna discusión con Amaranta.
¿Por qué será que siempre me meto en conversaciones sobre sexualidad y problemas sexuales? Pues porque los he vivido todos. Mi vida sexual empezó tarde, tuve la mala pata de enamorarme siendo un chaval de 15 años de una chica mayor que yo y católica hasta la medula, por lo que para meterle mano casi había que pedir cita por escrito. Por aquel entonces yo era un chico sin personalidad ninguna, iba imitando a unos y otros, según mi entorno, y en el fondo vivía entre la desidia de no encontrar mi sitio en el mundo y el miedo de que alguien supiera de mi inseguridad.
Durante 5 largos años me amoldé a esa chica, cambié mis gustos por los suyos y a escondidas saciaba solo algunas de las cosas que siempre me gustaron (como fumar canutos). Al final de nuestra relación yo había dejado de ser yo para ser lo que ella quisiera que fuera (ojalá pudiera expresarlo más claro). Por ejemplo, un día me dijo entre sollozos, que se había dejado besar por otro tío y que le había gustado y a mi no se me ocurrió hacer otra cosa que decirle que no se preocupara que encontraríamos la solución. Por aquel entonces no comprendí por qué me recriminó que ni siquiera me hubiera enfadado con ella. Es complicado, lo se, ¿cómo se puede llegar a ese punto? No tenia sangre en las venas.
Un verano, estando de vacaciones con mis padres, me di cuenta de que no la echaba de menos, al contrario, me sentía liberado de sus problemas que yo hacía que fueran mios (era bastante depresiva) y que en definitiva, me sentía mejor sin ella cerca. Ese fue el fin. Me hundí completamente y pasé solito una bonita crisis de identidad, sin saber quien era ni lo que me gustaba, fui dando bandazos de un lado para otro.
Apareció una chica, muy guapa, extrovertida, compartimos problemas mentales una noche y se me echó encima. Yo era un chaval de 20 años con una crisis de identidad y ella, a mi parecer, muy experimentada. Fue horrible y acabé diciendo una mentira y llorando... (poner aquí adjetivo personalizado: patético, estúpido...)
"No intentes doblar la cuchara. Eso es imposible. En vez de eso, sólo procura comprender la verdad. [...] Si lo haces, verás que no es la cuchara la que se dobla. Sino tú mismo."
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